viernes, 26 de mayo de 2017

LA ÚLTIMA DEFENSA, por Guillermo J. Moreno R.



Estimados Liponautas

Hoy compartimos con ustedes un relato de nuestro amigo Guillermo Moreno.

Deseamos disfruten de la lectura.



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Saktar, Capitán del Septuagésimo Regimiento de las fuerzas conquistadoras de los rakshasa, el primero en asaltar Uras, azote de los annuna y los asura, estaba asustado hasta los huesos. Frente a él se hallaba el cadáver de un musgir, el arma biológica por excelencia de las nobles familias de la Entropía. Una criatura gigantesca que sembraba el temor en el campo de batalla, cuya sola mención hacía que los soldados rasos a través de toda la galaxia perdieran el control de sus esfínteres. Su nombre no era mentado a la ligera, y solía usarse para asustar a los esclavos levantiscos; pero a pesar de ello yacía allí, destripada y sangrando.

Saktar se forzó a levantar la mirada, mientras por su mente rondaba una sola pregunta: ¿Qué clase de bestia puede matar a un musgir tan rápido? La respuesta le llegó a través de una voz metálica.

—¿Qué sigue ahora, Darney el Dinosaurio? ¿Juegas con nosotros o te apartas del camino? —La voz provenía de un chimpancé, vestido a usanza de los antiguos ugubi, que portaba un rifle más grande que él.

—No seas grosero, Toby —replicó una voz grave y natural. Saktar se dirigió a ella, el visor de su armadura lo identificó como un ugubi, la forma despectiva para referirse a los humanos, los nativos de Uras.

—¿Cómo es posible? ¿La guerra con los annuna devolvió a los ugubi a la edad de piedra?

—Los ugubi y las cucarachas tenemos algo en común, siempre nos las arreglamos para sobrevivir —respondió el hombre con una sonrisa y luego hizo una reverencia—. Mi nombres es Mayor Roberto Martins, de la Real Fuerza Aérea de su Majestad el Rey William de Inglaterra, y Capitán comisionado de las Fuerzas Conjuntas de la Unión Europea.

—¡Hablaste en emesá!

—Sí, me desenvuelvo con soltura. También hablo fluidamente en castellano, portugués y yoruba; este último me lo enseñó mi abuela, por eso de mantener las raíces. —Realizó un movimiento de muñeca, y rápidamente surgió un escudo redondo con la bandera de Gran Bretaña.

—Deja la cháchara, Roberto —replicó Toby—. ¿El lagarto se quitará o peleará? —La pregunta del chimpancé fue acompaña por un rugido tras ellos.

—Mi buen Toby, no hace falta ser grosero y despectivo —soltó Roberto. Luego volteó el rostro hacia el gigantesco oso pardo a sus espaldas—: Camarada Boris, no imites las malas costumbres de este primate.

—Que te den por las cuatro letras, Roberto.

Saktar aprovechó la disputa entre aquel grupo variopinto para pasar revista a las fuerzas de aquella base. Lo que le enseñó su asistente personal heló aun más su sangre. El perímetro de la base había sido desmontado con eficacia, sin destruir las cámaras, sensores y drones. La mayoría de los soldados del regimiento yacían muertos y esparcidos por los patios y alrededores, las pocas fuerzas que quedaban estaban asustadas o resolviendo problemas estructurales de la base. Y por último, los oficiales se encontraban defendiendo puntos claves de la instalación de acuerdo a los protocolos.

—¿Cómo pudieron? —Levantó la vista y los escaneó con su asistente. El hombre llamado Roberto parecía normal, salvo por el armamento que portaba, que no coincidía con el estado de la tecnología ugubi antes de la guerra con los annuna. El chimpancé, que vestía como un soldado, también poseía un armamento superior y una especie de collar que traducía los gestos que hacía con los labios; el brillo en sus ojos y el manejo de las herramientas indicaban que era un animal elevado a través de la bioingeniería. Miró al oso y el sensor le indicó que la criatura tenía implantes cibernéticos, y por los gruñidos y rugidos demostraba entender la conversación de los primates, así que el plantígrado estaba mejorado. De nuevo se preguntó cómo era posible todo eso. Luego reparó en dos figuras que se habían mantenido al margen. Los datos que le transmitió su sensor casi lo matan de un infarto.

Al lado de aquel trío se encontraban tres cánidos de gran tamaño. En la frente de cada uno había una especie de joya brillante, y de ellas surgían unos arcos de energías sutiles que se movían con gran velocidad, lo que indicaba que estaban conversando mentalmente. ¿Cómo era posible que un ser inferior fuera capaz de tal proeza? Junto a los mastines se hallaba una hembra humana de cabello escarlata, vestida con una tosca túnica y botas de piel, pero tenía en sus antebrazos unos ordenadores personales tan buenos como los suyos.

—Entre cielo y tierra hay muchos misterios que tu ciencia, con todas sus artimañas, no puede descifrar —dijo una voz sumamente educada en su mente, y supo que provenía de los canes, porque éstos movían sus rabos con frenesí.

Como movidos por una cuerda, todos los miembros de aquel grupo de desarrapados fijaron su atención en el rakshasa.

—Veo que descubrió por su cuenta al resto del grupo. —Roberto le sonrió—. Ella es Dédalo; sí, es un nombre extraño para una chica tan atractiva. Y ellos son…

—Sir Edward Pennyton de Collinwood, a sus servicios —resonó la educada voz de los perros, que hablaban como uno solo.

—¿Cómo es posible?

—Yo me hice la misma pregunta. Un día estás realizando un ataque conjunto con los rusos y americanos sobre los cielos de Siria, bombardeando a los muyahidines y derribando las aviones que le robaron al ejército iraquí, y al siguiente despiertas en un gigantesco tanque de agua. Descubres que estás a cientos de años de tu tiempo y casa. Luego, un científico salido de una mala película B te pone al mando de un grupo de “soldados de élite” y te dice: Ustedes son la Última Defensa del planeta Tierra.

Saktar retrocedió un poco, mientras hacía todos los esfuerzos para salir del shock. Cuando fue comisionado a tierra firme, le comunicaron varios rumores. Cuentos sobre armas y horrores que los desesperados ugubis habían desatado sobre los annuna, quimeras que descartó. Nada que los ugubis diseñaran podrá con las fuerzas rakshasa, dijo en aquel entonces. Nosotros eliminamos sistemáticamente a los annuna, que eran nuestra creación. Y azotamos con fuerza a los asura, que son nuestros creadores. ¡Somos dioses! ¡Qué inocente había sido!

—Sí, mi apreciado señor —resonó la voz en su mente—, somos el último as bajo la manga de la humanidad. Y le solicito encarecidamente que se haga a un lado y nos deje acceder al núcleo de su ordenador. No hace falta derramar más sangre.

—Habla por ti, pulgoso. Yo sí quiero hacer sangrar al lagarto —le atajó Toby—. Te quiero yo, y tú a mí, somos una familia feliz… Ven, bobozilla, dame un abrazo.

—Después de esta misión, usted y yo tendremos una larga conversación, señor mío.

—Como gustéis, Sir.

—Amigos, amigos; el señor Don Reptil pensará que somos un hatajo de salvajes.

—Por la expresión de asco y asombro, deduzco que lo piensa desde hace un buen rato —habló por fin la mujer—. Roberto, de verdad, necesito llegar a ese núcleo. El Caballero Negro se está acercando al punto de convergencia.

—Cierto, el satélite. —La actitud obsequiosa del Mayor cambió. De repente un brillo de malignidad, de primitivismo e ira irradió desde sus ojos—. Sir Edward y Toby, ustedes acompañen a Dédalo; usen fuerza letal para abrirse camino.

—Ya escuchaste, solo-vino.

—El camarada Boris y yo nos haremos cargo de nuestro anfitrión.

—Su armadura está potenciada por sus dones psíquicos —le advirtió Dédalo.

—No esperaba menos de un noble rakshasa.

Saktar dio un paso atrás y extrajo de su cinturón el mango de una espada. Bastó una palabra suya y surgió de éste una brillante hoja dorada, manifestación ectoplásmica de sus capacidades psíquicas, tan dura como su voluntad. Boris gruñó con fuerza.

—Sí, camarada. No es mi primer rodeo, el tuyo tampoco. ¡En guardia!

A una palabra suya, los miembros de aquel variopinto grupo se separaron y pusieron en marcha. Unos a la derecha, el gigantesco oso a la izquierda y Roberto, con la Unión Jack en el escudo, fue directamente al frente. Algo le dijo a Saktar que estaba perdido.

* * *

El Caballero Negro, un objeto flotante que se encontraba en la atmósfera intermedia de la Tierra. Aquél que durante la era de esplendor de los hombres y la Internet había sido blanco de incontables especulaciones por parte de los conspiranoicos. Un extraño y paradójico constructo que se había posicionado sobre la base de Saktar en alguna parte de la región del Cáucaso. Desde el techo del edificio surgió una extraña antena de cristal que brillaba de forma intermitente. Roberto imaginaba un rayo de energía que salía disparado desde allí hasta el satélite, y de éste al resto de los Caballeros en la atmósfera. ¿Qué información transmitiría?, se preguntó, y la respuesta brotó con premura desde el fondo de su mente, tal como Dédalo se lo había explicado una y otra vez después de sus cálidos encuentros nocturnos.

—El Caballero Negro emitirá una señal de alta frecuencia, que estimulará algunas partes de los cerebros de la mayoría de los mamíferos. Este estímulo, a su vez, activaría ciertas partes del ADN de los animales, obligándolos a mutar. En poco tiempo, la mayoría de los mamíferos del planeta serán prolíficos, y muchos de ellos en pocas generaciones desarrollarán las capacidades cognoscitivas que hicieron del homínido el Señor de la Tierra.

—¿Un mundo lleno de Edwards y Tobys?

—En efecto.

—Siento escalofríos en las falangetas con solo pensarlo.

—Yo también, pero será problema de los lagartos.

—¿Qué será de los hombres?

—Nuestro turno al bate pasó, lo echamos a perder. Es hora de pasar el testigo a otros.

—Esto es como activar el sistema inmunológico del planeta.

—Yo no lo habría dicho mejor. Descansa.

—Te amo.

—Yo más.

* * *

Saktar, Capitán del de Septuagésimo regimiento de las fuerzas conquistadoras de los rakshasa, el primero en asaltar Uras, azote de los annuna y los asura, estaba muriendo. Mientras la vida abandonaba su maltrecho cuerpo, el hálito de vida se escapaba por sus ollares y la luz menguaba en sus ojos, el temible guerrero reptiliano hizo acopio de voluntad. Concentró toda su energía mental en un pensamiento. Hiló las ideas en frases, formó las imágenes y los sonidos, lo más detallados posibles. Lo unió todo en un solo bloque y lo concentró en un punto de su mente… Luego, haciendo acopio de las fuerzas que le quedaban, lo disparó al éter.

—Escuchad, hermanos míos, yo, Saktar, Capitán del de Septuagésimo regimiento de las fuerzas conquistadoras de los rakshasa, el primero en asaltar Uras, azote de los annuna y los asura, os advierto, movido por el deber para con mi sangre, que los ugubi nos han jugado una mala pasada, amparados en nuestro orgullo. Han liberado un nuevo horror, uno como nunca se ha visto, uno que sería la delicia de los kadistu, constructores de vida, una última defensa… Le han enseñado a Uras a defenderse a sí misma. Uras ya no es segura.

© 2017 Guillermo J. Moreno R.

Tomado de FORJADORES

PERFIL DEL FORJADOR



GUILLERMO J. MORENO R.

Venezolano nacido en Petare, 1983. Licenciado en Estudios Políticos y Administrativos, egresado de la Universidad Central de Venezuela. Como todo aquel que descubre el amor por la lectura a tierna edad, Guillermo no tardó en saltar al mundo de la escritura, y sería gracias a la Red 2.0 donde encontraría el espacio donde expresarse y entrar en contacto con personas que compartían los mismos gustos e inquietudes. Sería a través de su blog: La Antesala al Portal Oscuro, y las colaboraciones realizada en el blog La Cueva del Lobo donde se daría a conocer, pero su oportunidad llegaría a través de la página de Fanfiction Action Tales, quienes le permitieron participar en la Antología de Relatos Pulps: Action Tales, publicada por la editorial española: Dlorean y luego la Antología Western: Western Tales de la misma compañía. Guillermo es un autor que sorprende por su versatilidad, como puede escribir un relato fantástico con elfos y dragones, puede hacer le frente a uno de ciencia ficción donde, sin pudor, mezcla elemento del cine negro. Claro ejemplo de su constante búsqueda de estilo propio y una pasión por la escritura combinada con un deseo superación.





jueves, 25 de mayo de 2017

Esto es el agua:

Discurso de David Foster Wallace en la ceremonia de graduación del Kenyon College




Amigos de LiPo:


David Foster Wallace fue (es) uno de los escritores norteamericanos más notables de los últimos tiempos. Además de novelista, fue cuentista y filósofo. 

El texto que hoy traemos a nuestra página es el discurso que Wallace leyó en el acto de graduación de los estudiantes de Humanidades de Kenyon College, Ohio, en el año 2005. 

Este discurso es una pieza clásica de referencia, una conversación y una reflexión sobre la vida y la forma en que la vemos. 

Se centra en las cosas obvias, lo que por lo general damos por sobreentendido, pero que en realidad es la base que estamos pisando para impulsar nuestros deseos y proyectos. 

Foster Wallace murió tres años después de esta charla sobre lo obvio. 


Hoy en día seguimos aprendiendo de aquello que nos dijo una vez.

Graciela Bonnet



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Traducción de José María Galán



Saludos y felicitaciones a la generación 2005 del Kenyon College.

Erase dos peces jóvenes que nadaban juntos cuando de repente se toparon con un pez viejo, que los saludó y les dijo, "Buenos días, muchachos ¿Cómo está el agua?" Los dos peces jóvenes siguieron nadando un rato, hasta que eventualmente uno de ellos miró al otro y le preguntó, "¿Qué demonios es el agua?"

Esto es algo común al inicio de los discursos de graduación en Estados Unidos: el empleo de una pequeña parábola con un fin didáctico. Esta costumbre resulta ser una de las mejores convenciones del género y la menos mentirosa, pero si te has empezado a preocupar de que mi plan sea presentarme como el pez sabio y viejo que le explica a los peces jóvenes lo que es el agua, por favor no lo hagas. Yo no soy el pez sabio y viejo. El punto de la historia de los peces es, simplemente, que las realidades más importantes y obvias son a menudo las más difíciles de ver y explicar. Enunciado como una frase, por supuesto, suena a un lugar común banal, pero el hecho es que las banalidades en el ajetreo diario de la existencia adulta pueden tener una importancia de vida o muerte, o así es como me gustaría presentarlo en esta mañana despejada y encantadora.

Por supuesto que el principal requisito en un discurso como éste es que hable sobre el significado de la educación en Humanidades y que intente explicar por qué el título que están a punto de recibir posee un verdadero valor humano en vez de ser una mera llave para la simple remuneración material. Así que mencionaremos otro lugar común al inicio de los discursos, que la educación en Humanidades no es tanto atiborrarte de conocimiento como “enseñarte a pensar”. Si son como yo fui alguna vez de estudiante, nunca hubiesen querido escuchar esto, y se sentirán insultados cuando les dicen que precisaron de alguien que les enseñara a pensar, porque dado que fueron admitidos en la universidad precisamente por esto, parece obvio que ya sabían cómo hacerlo. Pero voy a hacerme eco de ese lugar común que no creo sea insultante, porque lo que verdaderamente importa en la educación –la que se supone obtenemos en un lugar como éste– no vendría a ser aprender a pensar, sino a elegir cómo vamos a pensar. Si la completa libertad para elegir acerca de qué pensar les parece obvia y discutir acerca de ella una pérdida de tiempo, les pido que piensen acerca de la anécdota de los dos peces y el agua y que dejen entre paréntesis por unos segundo vuestro escepticismo acerca del valor de lo que es obvio por completo.




Les voy a contar otra de estas historias didácticas. Había dos personas sentadas en la barra de un bar en la parte más remota de Alaska. Uno de ellos era religioso, el otro ateo y ambos discutían acerca de la existencia o no de dios con esa especial intensidad que se genera luego de la cuarta cerveza. El ateo contó, ‘mirá, no es que no tenga un real motivo para no creer.  No es que nunca haya experimentado todo el asunto ese de dios, rezarle y esas cosas. El mes pasado, sin ir más lejos, me sorprendió una tormenta terrible cuando aún me faltaba mucho camino para llegar al campamento. Me perdí por completo, no podía ver ni a dos metros, hacía 50 grados bajo cero y me derrumbé: caí de rodillas y recé “Dios mío, si en realidad existes, estoy perdido en una tormenta y moriré si no me ayudas, ¡por favor!”. El creyente entonces lo mira sorprendido: ‘Bueno, eso quiere decir entonces que ahora crees! De hecho estás aquí vivo!”. El ateo hizo una mueca y dijo: “No, hermano, lo que pasó fue que de pronto aparecieron dos esquimales y me ayudaron a encontrar el camino al campamento…”.

Es fácil hacer un análisis típico en las Humanidades: una misma experiencia puede significar cosas totalmente distintas para diferentes personas si tales personas tienen distinto marco de referencia y diferentes modo de elaborar significados a partir de su experiencia. Dado que apreciamos la tolerancia y la diversidad de creencias, en cualquiera de los análisis posibles jamás afirmaríamos que una de las interpretaciones es correcta y la otra falsa. Lo que en sí está muy bien, lástima que nunca nos extendemos más allá y nos proponemos descubrir los fundamentos del pensamiento de cada uno de los interesados. Y me refiero a de qué parte del interior de cada uno de ellos surgen sus ideas. Si su orientación básica en referencia al mundo y el significado de su experiencia viene ‘cableado’ como su altura o talla del calzado, o si en cambio es absorbida de la cultura, como su lenguaje. Es como si la construcción del sentido no fuera realmente una cuestión de elección intencional y personal. Y más aún, debemos incluir la cuestión de la arrogancia. El ateo de nuestra historia está totalmente convencido de que la aparición de esos dos esquimales nada tiene que ver con el haber rezado y pedido ayuda a dios. Pero también debemos aceptar que la gente creyente puede ser arrogante y fanática en su modo de ver. Y hasta puede que sean más desagradables que los ateos, al menos para la mayoría de nosotros. Pero el problema del dogmatismo del creyente es el mismo que el del ateo: certeza ciega, una cerrazón mental tan severa que aprisiona de un modo tal que el prisionero ni se da cuenta que está encerrado.

Aquí apunto a lo que yo creo que realmente significa que me enseñen a pensar. Ser un poco menos arrogante. Tener un poco de conciencia de mí y mis certezas. Porque un gran porcentaje de las cuestiones acerca de las que tiendo a pensar con certeza, resultan estar erradas o ser meras ilusiones. Y lo aprendí a los golpes y les pronostico otro tanto a ustedes.

Les daré un ejemplo de algo totalmente errado pero que yo tiendo a dar por sentado: en mi experiencia inmediata todo apuntala mi profunda creencia de que yo soy el centro del universo, la más real, vívida e importante persona en existencia. Raramente pensamos acerca de este modo natural de sentirse el centro de todo ya que es socialmente condenado. Pero es algo que nos sucede a todos. Es nuestro marco básico, el modo en que estamos ‘cableados’ de nacimiento. Piénsenlo: nada les ha sucedido, ninguna de vuestras experiencias han dejado de ser percibidas como si fueran el centro absoluto. El mundo que perciben lo perciben desde ustedes, está ahí delante de ustedes, rodeándolos o en vuestro monitor o en la TV. Los pensamientos y sentimientos de las otras personas nos tienen que ser comunicados de algún modo, pero los propios son inmediatos, urgentes y reales.




Y, por favor, no teman que no me dedicaré a predicarles acerca de la compasión o cualquiera de las otras virtudes. Me refiero a algo que nada tiene que ver con la virtud. Es cuestión de mi posibilidad de encarar la tarea de, de algún modo, saltear o verme libre de mi natural e ‘impreso’ modo de operar que está profunda y literalmente auto centrado y que hace que todo lo vea a través de los lentes de mi mismidad. A gente que logra algo de esto se los suele describir como ‘bien equilibrado’ y me parece que no es un término aplicado casualmente.

Y dado el entorno en el que ahora nos encontramos es adecuado preguntarnos cuánto de este re-ajuste de nuestro marco referencial natural implica a nuestro conocimiento o intelecto. Es una pregunta difícil. Probablemente lo más peligroso de mi educación académica –al menos en lo que a mí respecta– es que tiende a la sobre intelectualización de las cosas, que me lleva a perderme en argumentos abstractos en mi cabeza en vez de, simplemente, prestar atención a lo que ocurre dentro y fuera de mí.

Estoy seguro de que ustedes ya se han dado cuenta de lo difícil que resulta estar alerta y atentos en lugar de ir como hipnotizados siguiendo el monólogo interior (algo que puede estar sucediendo ahora mismo). Veinte años después de mi propia graduación llegué a comprender el típico cliché liberal acerca de las Humanidades enseñándonos a pensar: en realidad se refiere a algo más profundo, a una idea más seria: porque aprender a pensar quiere decir aprender a ejercitar un cierto control acerca de qué y cómo pensar. Implica ser consiente y estar atentos de modo tal que podamos elegir sobre qué poner nuestra atención y revisar el modo en que llegamos a las conclusiones a las que llegamos, al modo en que construimos un sentido en base a lo que percibimos. Y si no logramos esto en nuestra vida adulta, estaremos por completo perdidos. Me viene a la mente aquella frase que dice que la mente es un excelente sirviente pero un pésimo amo.

Como todos los clichés superficialmente es soso y poco atractivo, pero en realidad expresa una verdad terrible. No es casual que los adultos que se suicidan con un arma de fuego lo hagan apuntando a su cabeza. Intentan liquidar al tirano. Y la verdad es que esos suicidas ya estaban muertos bastante antes de que apretaran el gatillo.




Y les digo que este debe ser el resultado genuino de vuestra educación en Humanidades, sin mentiras ni chantadas: como impedir que vuestra vida adulta se vuelva algo confortable, próspero, respetable pero muerto, inconsciente, esclavo de vuestro funcionar ‘cableado’ inconsciente y solitario. Esto puede sonar a una hipérbole o a un sinsentido abstracto. Pero ya que estamos pensemos más concretamente. El hecho real es que ustedes, recién graduados, no tienen la menor idea de lo que implica el día a día de un adulto. Resulta que en estos discursos de graduación nunca se hace referencia a cómo transcurre la mayor parte de la vida de un adulto norteamericano. En una gran porción esa vida implica aburrimiento, rutina y bastante frustración. Vuestros padres y parientes mayores que aquí los acompañan deben de saber bastante bien a qué me estoy refiriendo.

Pongamos un ejemplo. Imaginemos la vida de un adulto típico. Se levanta temprano por la mañana para concurrir a un trabajo desafiante, un buen trabajo si quieren, el trabajo de un profesional que con entusiasmo trabaja por ocho o diez horas y que al final del día lo deja bastante agotado y con el único deseo de volver a casa y tener una buena y reparadora cena y quizá un recreo de  una o dos horas antes de acostarse temprano porque, por supuesto, al otro día hay que levantarse temprano para volver al trabajo. Y ahí es cuando esta persona recuerda que no hay nada de comer en casa. No ha tenido tiempo de hacer las compras esta semana porque el trabajo se volvió muy demandante y ahora no hay más remedio que subirse al auto y, en vez de volver a casa, ir a un supermercado. Es la hora en que todo el mundo sale del trabajo y las calles están saturadas de autos, con un tránsito enloquecedor. De modo que llegar al centro comercial le lleva más tiempo que el habitual y, cuando al fin llega, ve que el supermercado está atestado de gente que como él,  que luego de un día de trabajo trata de comprar las provisiones que no pudo comprar en otro momento. El lugar está lleno de gente y la música funcional y melosa hacen que sea el último lugar de la tierra en el que se quiere estar, pero es imposible hacer las cosas rápido. Debe andar por esos pasillos atiborrados de gente, confusos a la hora de encontrar lo que uno busca y debe maniobrar con cuidado el carrito entre toda esa gente apurada y cansada (etc. etc. etc., abreviemos que es demasiado penoso) y al fin, luego de conseguir todo lo que necesitaba, se dirige a las cajas que, por supuesto, están casi todas cerradas a pesar de ser la hora pico, y las que están funcionando lo hacen con unas demoras colosales, lo que es enojoso, pero esta persona se esfuerza por dejar de sentir odio por la cajera que parece moverse en cámara lenta, quien está saturada de un trabajo que es tedioso, carente de sentido de un modo que sobrepasa la imaginación de cualquiera de los aquí presentes en nuestro prestigioso colegio.

Bueno, al fin esta persona consigue llegar a ser atendida, paga por sus provisiones y escucha que le dicen ‘que tenga un buen día’ con un voz que es la de la muerte. Luego tiene que cargar todas sus bolsas en el carrito que tiene una rueda chueca e insiste en irse para un costado y hace que el camino hasta el auto lo saque de quicio; luego tiene que cargar todo en el baúl y salir de ese estacionamiento lleno de autos que circulan a dos por ahora buscando un lugar libre ¡y todavía queda el camino a casa!, con un tránsito pesado, lento y plagado de enormes 4x4 que parecen ocupar toda la calle, etc. etc. etc.




Todos aquí han pasado por esto, claro. Pero aun no es parte de vuestra rutina de graduados, semana a semana, mes a mes, año a año. Pero lo será. Y cantidad de otras tareas fastidiosas y sin sentido aparente que les esperan. Pero no es este el punto al que me refiero. El punto es que estas tareas de mierda, insignificantes y frustrantes son las que permiten escoger qué y como pensar. Ya que debido al tránsito congestionado, o a los pasillos atiborrados de gente con carritos, o a las larguísimas colas, tengo tiempo para pensar y si no tomo una decisión consiente acerca de cómo pensar, de a qué prestar atención, me sentiré frustrado y jodido cada vez que me vea en estas situaciones. Porque el ajuste natural me dice que estar situaciones me afectan a MI. A MI hambre, a MI fatiga, a Mi deseo de estar en casa y me hace ver que toda esa gente se mete en MI camino. Y ¿quiénes son, después de todo? Miren qué repulsivos son, que caras de estúpidos portan, esa mirada de vacas, no parecen humanos, y que enojosos y groseros son hablando en voz alta por sus celulares todo el tiempo. Es absolutamente injusto e incordiante que me encuentre ahí, entre ESA gente.

Y, claro, además, como pertenezco a una clase de gente socialmente más consiente, gente de Humanidades, me parece terrible quedar atrapado en el tránsito de la hora pico entre esas tremendas 4x4, esos autazos de 12 cilindros que desperdician egoístamente sus tanques de 80 litros de un combustible cada vez más escaso, y puedo asegurar que las calcomanías con los slogans más religiosos y patrióticos están pegados en vidrios de los más enormes, llamativos y egoístas de los vehículos, conducidos por los más horrendos personajes (aplausos y respondiendo a esos aplausos) –este no es un ejemplo de cómo debemos pensar, ojo! –, conductores detestables, desconsiderados y agresivos. Y también puedo imaginar cómo nuestros hijos y los hijos de nuestros hijos van a acordarse de nosotros por derrochar el combustible y probablemente joder el clima, y pensar en lo egoístas y estúpidos que fuimos por permitirlo y como nuestra sociedad consumista es detestable, etc., etc., etc.

Ya pescaron la idea.

Si yo escojo pensar así cuando me encuentro atrapado en el tránsito o en los pasillos de un supermercado, bueno, a la mayoría nos pasa. Porque este modo de pensar es tan automático, tan natural y establecido que no implica ninguna chance ni elección. Es el modo automático en que percibo la parte aburrida y frustrante de la vida adulta, cuando me dejo ir en automático, inconscientemente, cuando me creo el centro del mundo y que mis necesidades y sentimientos inmediatos determinan las prioridades de todo el mundo, que creo gira a mi alrededor.

La cosa es que, claro, hay otras maneras por completo diferentes de pensar acerca de estas situaciones. En ese transito entorpecido, con vehículos que dificultan mi avance, puede que, en una de esas horrorosas 4x4, haya un conductor que luego de un horrible accidente de tránsito se haya sentido tan acobardado que el único modo de volver a manejar es sintiéndose protegido dentro de uno de esos tanques. O que aquella camioneta que corta mi paso imprudentemente, esté conducida por un padre que lleva a su hijo enfermo o accidentado y se apura por llegar a una guardia médica, o que está en una situación más urgente y legítima que la que yo me encuentro, y que en realidad yo soy el que se mete en SU camino.

O puedo elegir pensar y considerar que todos los que nos encontramos en esa larga cola del supermercado estamos tan aburridos y nos sentimos tan mal como me siento yo y que algunos de ellos probablemente tengan una vida más tediosa y dolorosa que la mía.

De nuevo, por favor, no crean que estoy dando consejos moralistas, o que sugiero el modo en que tienen que pensar ustedes, o que señalo cómo se espera que ustedes piensen. Porque esto que les describo es muy difícil. Requiere de mucha voluntad y esfuerzo y, si son como yo, algunos días no lo lograrán o simplemente se dejarán llevar por la comodidad y falta de ganas.

Pero puede pasar que, si están atentos los suficiente como para darse a ustedes mismos la opción, podrán escoger una manera distinta de percibir a esa gorda, de ojos muertos, sobre maquillada que no deja de gritar a su hijito en la fila. Quizá ella no es siempre así. Quizá lleva tres noches sin dormir sosteniendo la mano de su marido que muere de cáncer en los huesos. O quizá esta señora es la misma que ayer ayudó a tu señora a resolver ese horrendo trámite en el Registro Automotor mediante un simple acto de gentileza. Claro, sí, nada de esto es lo habitual, pero tampoco es imposible. Todo depende de lo que uno elija pensar. Si estás seguro de saber exactamente cuál es la realidad y estás operando en automático como me suele suceder a mí, entonces no dejarás de pensar en posibilidades enojosas y miserables. Pero si en realidad aprendes a prestar atención, te darás cuenta de que en realidad hay otras opciones. Vas a poder  percibir ese atestado, caluroso, y lento infierno no solo como significativo, sino como algo sagrado, consumido por las mismas llamas que las estrellas: amor, comunión, esa unidad mística que hay bien en lo profundo de las cosas.




No afirmo que esta mística se necesariamente verdadera. Pero lo que sí lleva una V mayúscula es la Verdad de que podés decidir cómo te lo vas a tomar.

Esto, yo les aseguro, es la libertad que otorga la educación real. Aprender a cómo estar bien balanceado. Y cada uno decidir qué tiene y qué no tiene sentido. Decidir conscientemente qué es lo que vale la pena venerar.

Y he aquí algo raro, pero que es verdad: en las trincheras del día a día de la vida de un adulto, no existe el ateísmo. No hay tal cosa como la ‘no-veneración’. Todo el mundo es creyente. Y quizá la única razón por la que debamos cuidarnos al elegir qué venerar, cualquier camino espiritual –llámese Cristo, Allah, Yaveh, la Pachamama, las Cuatro Nobles Verdades o cualquier set de principios éticos– es que, sea lo que sea que elijas, te devorará en vida. Si elegís adorar el dinero y los bienes materiales, nunca tendrás suficiente. Si elegís tu cuerpo, la belleza y ser atractivo, siempre te vas a sentir feo y cuando el tiempo y la edad se manifiesten, padecerás un millón de muertes antes de que al fin te entierren. En cierto modo, todos lo sabemos. Esto fue codificado en mitos, leyendas, cuentos, proverbios, epigramas, parábolas, en el esqueleto de toda gran historia. El verdadero logro es mantener esta verdad consiente en el día a día. Si elegís venerar el poder, terminarás sintiéndote débil y necesitarás cada día de más poder para no creerte amenazado por los demás. Si elegís adorar tu intelecto, ser reconocido como inteligente, terminarás sintiéndote un estúpido, un chasco, siempre al borde de ser descubierto. Pero lo más terrible de estas formas de adoración no es que sean pecaminosas o malas, es que son inconscientes. Son el funcionamiento por default.

Día a día nos vamos sumergiendo en un modo cada vez más selectivo acerca de a qué prestar atención, qué percibir como bueno y deseable, sin siquiera ser consientes de lo que estamos haciendo.

Y el mundo real no te va a desalentar en este modo de operar, porque el así llamado mundo real está esculpido del mismo modo, dinero y poder que se regodean juntos en una piscina de miedo y odio y frustración y ambición y adoración al YO. Las fuerzas de nuestra cultura dirigen a estas fuerzas en pos de las riquezas, confort y libertad individual. Libertad para ser los señores de nuestro diminuto reino mental, solitarios en el centro de la creación. Este tipo de libertad es muy tentadora. Pero hay otros tipo de libertad pero justo del tipo de libertad que es el más precioso no vas a escuchar mucho en este mundo que nos rodea, de puro desear y conseguir.

La libertad que importa verdaderamente implica atención, conciencia y disciplina, y estar realmente interesados en el bienestar de los demás y estar dispuestos a sacrificarnos por ellos una y otra vez en miríadas de insignificantes y poco atractivas maneras, todos los días.

Esa es la libertad real. Eso es ser educado y entender cómo pensar. La alternativa es lo inconsciente, lo automático, el funcionamiento por default, el constante sentimiento de haber tenido y perdido alguna cosa infinita.

Yo sé que esto que les digo puede sonar poco divertido y que roza en lo grandilocuente  espiritual en el sentido que un discurso de graduación debe sonar. Lo que quiero que rescaten, del modo en que yo lo veo, es el tema de la V mayúscula de Verdad, dejando fuera todas las linduras retóricas. Ustedes son libres de pensar como quieran. Pero por favor, no tomen este discurso como a un sermón de esos con el dedito apuntando acusatoriamente. Nada de esto tiene que ver con moralidad o religión o dogma ni con las grandes preguntas luego de la muerte.




La V mayúscula de Verdad se refiere a la vida ANTES de la muerte.

Es acerca de los valores que implica la real educación, que no tiene nada que ver con el acumular conocimiento y sí con la simple atención, atención a lo que es real y esencial, tan oculto en plena vista a nuestro alrededor, todo el tiempo, que tenemos que estar constantemente recordándonos a nosotros mismos, una y otra vez: Esto es agua. Esto es agua. Esto es agua.

Es inimaginablemente arduo de llevar a cabo, estar consientes y vivos en el mundo adulto, día a día. Lo que trae a colación otro gran cliché archisabido: la educación ES un trabajo para toda la vida. Y comienza ahora.

Les deseo que tengan más que suerte!

Fuente:

http://www.sisabianovenia.com/LoLeido/NoFiccion/DavidFosterWallaceDiscurso.htm



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Graciela Bonnet


 Nació en Córdoba, Argentina, en 1958. Es Licenciada en Letras por la Universidad Central de Venezuela (1984). Ha trabajado 25 años como correctora de pruebas y supervisora de ediciones por contrato para todas las editoriales venezolanas, entre ellas Monte Avila, Planeta, Biblioteca Ayacucho, ediciones de la Casa de la Poesía, Pomaire, Eclepsidra, Santillana, Editorial Pequeña Venecia, La Liebre Libre. Experiencia de tres años como redactora free lance para una editorial de libros de autoayuda. Escritora fantasma (sin firma) realizó investigaciones para crear libros, novelas, tesis y monografías.Es dibujante amateur. En 1997 el grupo editorial Eclepsidra publicó su poemario "En Caso de que Todo Falle." En 2013 editorial Lector Cómplice editó "Libretas Doradas, Lápices de Carbón" En el año 2000 participó del encuentro de Mujeres Poetas en Cereté, Colombia.








miércoles, 24 de mayo de 2017

CARLOS EDUARDO FRÍAS:Un escritor debe ser espejo del destino de su pueblo.





Estimados Liponautas


Hoy es miércoles de estrenos cinematográficos en Venezuela y de estrenos de material inédito en el blog. La siguiente entrevista fue publicada por El Nacional en su edición aniversaria número 69 y la montó en la red durante un tiempo. Ya la página no existe y como una de nuestras motivaciones es rescatar y difundir el material literario de nuestro país aquí se las traemos a ustedes. Más en estos momentos donde la afirmación de Carlos Eduardo Frías que sirve de encabezado a esta entrada tiene una vigencia sorprendente.

Deseamos disfruten de la entrada.


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Preguntas sobre periódicos y literatos 

Por Miguel Otero Silva

En Carlos Eduardo Frías coexisten dos ciudadanos. En él conviven el jefe de la poderosa agencia de publicidad ARS y un intelectual de prestigio.


Caricatura de Miguel Otero Silva.


Pertenece a la Cámara de Comercio y  la Asociación de escritores, al Rotary Club y al Ateneo. Ama la contabilidad y la poesía. Y no se confunden los guarismos con las metáforas.


Irrumpen en El Nacional las dos personalidades. El publicista Frías se detiene en la administración y expone un criterio positivista sobre nuestra pauta de avisos. Y luego el intelectual Frías sube las escaleras que conducen a la redacción para corregir las pruebas de su ensayo literario acerca de la cifra poética de Otto De Sola.



Otto De Sola. 1954. Fotografía Hector López Orihuela

Frente a nuestro escritorio están los dos Frías, unificados en un risueño personaje de anchas espaldas. Magnífica ocasión para entrevistarlos a los dos.

‹¿Quieres contestarnos unas preguntas para El Nacional?


‹Encantado ‹responde el intelectual entre dientes, sin levantar la vista de las cuartillas que está corrigiendo.


‹A tu juicio. ¿Cuál periódico tiene mayor circulación en el país? ¿La Esfera o El Nacional?


El publicista alza el rostro aterrado. Es fácil leerle el pensamiento: Si digo que El Nacional me mata Suegart. Y si digo que La Esfera no salgo de aquí vivo. Pero el publicista de bien templados nervios se repone enseguida y dicta la respuesta cual si yo fuera su secretario:


El publicista: ‹Es sumamente difícil, aún para un publicista que tiene datos más fidedignos a la mano, determinar la circulación exacta de cualquier periódico venezolano. Hasta el presente nuestros cálculos son estimativos.


Y sonríe satisfecho de su escape tangencial. Yo insisto:





‹¿Y qué opinas de nuestro careo con La Esfera?


Ahora pisa terreno firme:


El publicista: ‹Considero muy saludable esta verificación de la circulación porque doy por sentado que todos los diarios de Caracas seguirán el ejemplo y obtendremos un censo general del tiraje. A los anunciadores en primer término, y a los lectores luego, les interesa despejar esa incógnita de la circulación exacta de los diarios venezolanos.


Y el intelectual Frías regresa a corregir sus pruebas. Pero la tercera pregunta va con él:


‹¿Qué es un escritor?

El intelectual: ‹Un escritor debe ser espejo del destino de su pueblo.



Antonio Arráiz

Es concisa la definición pero yo la entiendo. Y como en ese instante se acercan Antonio Arráiz y Otto De Sola, la charla se generaliza sobre literatura y literatos. Antonio menciona a Arturo Uslar Pietri y ese nombre me sugiere la cuarta pregunta que ando buscando:


Arturo Uslar Pietri

‹¿Es Arturo Uslar más útil a Venezuela como político o como escritor?


‹¡Eso no es una pregunta, eso es una bomba de tiempo! ‹interviene Otto De Sola.


Pero el intelectual Frías se ha comprometido a responderme.


El intelectual: ‹Reconozco en Arturo un valor positivo nuestro. Por tanto, en el plano que actúe desempeñará un papel de primera importancia. Nuestras letras han perdido con su temporal ausencia una segura cosecha ejemplar.


Pero como nuestro principal problema es el político-social, estimo que Arturo en los actuales momentos es más útil porque se encuentra en el sitio donde hombres más capaces exige el país.


Carlos Eduardo Frías se despide. Pero luego regresa a preguntarme:


‹¿Qué te pareció mi respuesta sobre Arturo? ¿Qué hubieras contestado tú?


Y yo, a mi vez en un aprieto:


‹No sé. Para juzgar si un hombre es útil en política, las más veces hay que esperar que finalice su actuación política.

Fuente:

http://especiales.el-nacional.com/69aniversario/miguel-otero-silva/p_preguntasbrsobre-periodicosbry-literatos.html